SpanishSpanish

alquiler temporario de oficinas

short-term office rent buenos aires

alquiler de puestos de trabajo

La vida del ''freelanzado''

Al principio era una opción que no tenía contras. Trabajar desde casa: levantarme y acostarme a la hora que quisiera, cortar de a ratos para hacer cosas que me gustan o trámites sin tener que avisar ni pedir permiso, comer en casa comida recién hecha (y tirar por fin ese taper odioso), darme una ducha cuando quisiera, hacer breaks para ir al gimnasio, tener mi espacio.


Bueno, de a poco fui dándome cuenta de que la cosa no era tan así. La primera ficha cayó cuando, de repente, se murió la máquina. “Y ahora qué hago”, pensé. No estaban “los chicos de sistemas” para llamar por el interno, ¡y a ese trabajo tenía que entregarlo al día siguiente! Sobrevino el revuelo, busqué tutoriales en Internet; llamé a amigos, a conocidos, a parientes lejanos; me metí en foros, seguí las poco confiables “respuestas” que están desde hace años (ojo que algunas son posta). Finalmente, llamé a un técnico y asunto solucionado. Una buena. Claro que son gastos que no “se le pasan a la empresa”, además con el temita había perdido toda una tarde, así que ya quedó fuera de juego eso de levantarme y acostarme a la hora que quisiera, cortar de a ratos, comer comida (directamente, sin importar el origen), ducharme.

Otro asunto fue a la hora de cobrar, la chica de la empresa, muy amablemente, me dijo: “Ya podés pasar a dejar la factura cuando quieras”, ¿Factura? ¿Qué factura? ¿Con dulce de leche? Nuevo alboroto: buscar un alma caritativa que por esta única vez me preste su talonario. Mi tío carpintero, no me servía; mi viejo veterinario, tampoco; mi prima profesora, podía ser… “Sí, te devuelvo el 3,5%; no, no, solamente por esta vez; sí, te cuido al perrito los 20 días que te vas a la costa”. Después de arduas negociaciones, aflojó.

El tiempo pasaba y de repente me dí cuenta de que hacía bastante que no veía a mis amigas… ni a mi hermana, ni a ningún familiar; con tanto trabajo no había podido ir al gimnasio, así que no había visto a ningún conocido…. Ni desconocido. Pensándolo bien hacía semanas que no veía a nadie. ¡Me voy a volver autista acá, sola! Empecé a buscar, qué podía hacer, y encontré el coworking. Por suerte ese fue un punto que solucioné fácil, me contacté con Nacho y Marilina, y tengo mi lugarcito reservado algunos días por mes. En casa sigo trabajando, aprovecho las ventajas que tiene, como trabajar en pijama (a eso no lo sabe nadie), poner música fuerte sin usar auriculares, hacer ejercicio yendo de la silla a la heladera (a tomar agua, eh) y hacer recreos para regar las plantas, ir al supermercado, a la farmacia, al vendetutti de la vuelta, a la librería, a la ferretería… Pero hago el corte con el hermetismo cuando trabajo en Workstation, ahí conocí gente (incluso algunos de sistemas), hice contactos, y cambié el aire: lo encontré en el momento justo para evitar volverme una ermitaña.

Sofía Martínez
Autora y editora independiente
http://ar.linkedin.com/in/sofiainesmartinez


 



Compartí esta nota:
« Volver